Auster, núm. 30, e105, noviembre 2025-octubre 2026 ISSN 2346-8890 Reseñas
Sequeiros, Víctor A. (2024). Horacio en el umbral de la trascendencia: non omnis moriar. Buenos Aires: Gladius. 367 pp., ISBN: 978-987-659-801-9
Este libro fue publicado originalmente como tesis doctoral en la Universidad Nacional de Cuyo en 2011, bajo la dirección del Dr. Martín Zuviría y la codirección de la Dra. María Estela Guevara de Álvarez. Sin embargo, recoge una investigación previa sobre los géneros literarios y la recusatio en Horacio que se remonta a los estudios de licenciatura del autor, por lo que, con los agregados bibliográficos y las correcciones posteriores a la defensa de su tesis, puede decirse que se trata de un trabajo de dos décadas. Tal como se anuncia en su introducción, es un libro que examina sistemáticamente el tema del alma y de la inmortalidad en Horacio, tema que la crítica horaciana ha estudiado de manera episódica, concentrándose en subtemas como la apoteosis o la persona de Augusto, pero la mayor parte de las veces desligados de la idea de alma e inmortalidad. En términos generales (luego detallaremos los particulares), se trata de un libro de sumo interés, escrito amenamente y con observaciones y conclusiones personales que ponen en tela de juicio en ocasiones la interpretación corriente sobre aspectos relativos a la inmortalidad no sólo en Horacio, sino en la tradición grecorromana. En el libro se deja ver la innegable marca de variados estudios de María Delia Buisel sobre Horacio y otros autores en relación con el alma, la inmortalidad, la apoteosis, la persona de Augusto y los géneros literarios. El autor muestra un gran respeto por la bibliografía publicada en castellano, lo que no siempre es habitual en críticos hispanohablantes e invita a considerar lo producido en nuestra lengua. Es así que uno de los libros frecuentemente mencionados es La escatología lírica de Píndaro y sus fuentes (2007) de Daniel Torres.
El libro cuenta con una introducción en la que se establece la hipótesis general, i e., la apertura gradual de Horacio a la trascendencia desde la rigidez epicúrea inicial (p. 9), y el “esquema de desarrollo” (p. 9). Se registra asimismo un estado de la cuestión y se proponen cinco capítulos. El primero se dedica al problema del género literario, i. e., si es posible que la lírica represente la muerte y la inmortalidad. El segundo capítulo, de considerable extensión, trata de las ideas sobre la inmortalidad de aparición frecuente en el “mundo horaciano” (p. 51) desde los poemas homéricos a las corrientes filosóficas aun en su manifestación romana, incluyendo asimismo una revisión del tema en los poetas griegos y romanos. El tercer y cuarto capítulo estudian respectivamente la muerte en las obras juveniles de Horacio y la inmortalidad en las de la madurez. Las largas conclusiones, aunque puedan parecer algo repetitivas, sirven para recapitular las principales ideas del trabajo. Antes de la nómina de siglas y del índice, el libro presenta una bibliografía comentada y subdividida en especies que es una de sus peculiaridades más llamativas, porque permite apreciar el itinerario de investigación y el posicionamiento crítico e ideológico del autor, lo cual sirve a la vez como una guía para un estudioso futuro.
En el primer capítulo Sequeiros trata, considerando una extensa bibliografía, el problema de la aptitud de la lírica para representar historia, política o filosofía. Aunque la mayor parte de las reservas sobre esta aptitud provienen de una visión moderna (romántica o simbolista) de la lírica, Sequeiros, citando a Reisz de Rivarola (Teoría literaria: una propuesta, 1986), se aferra al concepto de “transgresión lírica” (p. 29) para fundamentar su estudio sobre la representación de la inmortalidad en Horacio. Uno diría que este fundamento no es necesario entre clasicistas, ya que sabemos que los antiguos veían la historia, por ejemplo, como un tema, más que como un género1, y que por ese motivo podía ser tratado en cualquier género literario. Algo similar podría argumentarse sobre otras materias. Sin embargo, es interesante que el autor, con un gran conocimiento de la teoría literaria del siglo pasado y de comienzos de éste, procura dar a su libro exhaustividad metodológica, refutando toda posible objeción a sus postulados. Para el problema de la representación de la literatura, que el autor trata en las pp. 23-24 discutiendo con Todorov, quizás podrían haber sido de ayuda los tomos de Verdad y método de Gadamer. Esto no es en absoluto una crítica, ya que Sequeiros sale airoso del análisis crítico y logra demostrar su propuesta.
El capítulo 2, “Las ideas sobre el alma y la inmortalidad en el mundo horaciano”, es un auténtico tour de force de ochenta y una páginas en las que el autor compendia observaciones sobre el tema del alma y la inmortalidad desde los poemas homéricos a la filosofía de Platón, Aristóteles, el epicureísmo y el estoicismo hasta llegar a Cicerón. El análisis no descuida asimismo la poesía griega y romana. Esta revisión se podría haber hecho de manera escolar o con un bizantinismo difícil de digerir, pero el autor siguió una via media: la cuidadosa selección de los pasajes adecuados y el diálogo crítico con los principales intérpretes, desde los más antiguos hasta la bibliografía más reciente. Quizás se debe a que tenía la intención de dejar claros algunos principios que formarían parte del examen de la obra de Horacio: la idea de que, pese a que sólo algunos llegaron a un tratamiento sistemático, la mayoría de poetas y filósofos antiguos vislumbraron la idea de la inmortalidad del alma y la supervivencia post mortem. Como ejemplo, se valió de las tesis de Fabro —Introducción a la realidad del hombre— y de Kirk y Raven, —Los filósofos presocráticos— (pp. 58 ss.; pp. 290-291) para oponerse a la idea materialista de Psique de Rohde (bastante difundida aún entre clasicistas) de una suerte de doble existencia en el mundo homérico: una, ante mortem, proveniente de los órganos como el diafragma y el corazón, y otra, post mortem, la imagen invisible de la psyché, que quedaba así relegada sólo al mundo de las sombras. Sequeiros (p. 64; p. 291) entiende que la asignación a órganos de esa existencia proviene del uso metonímico del lenguaje, común en textos poéticos, pero que no implica la negación del alma. Más bien, aunque no se observa aún la tripartición del alma platónica y la concepción aristotélica, hay en el mundo homérico, según él, un esbozo de esta idea. La crítica a una interpretación materialista de los filósofos la extiende a su tratamiento de varios de los presocráticos, ayudado por las tesis de Fabro (Introducción…), y de los estoicos, guiado por las de Elorduy (El estoicismo).
En el mismo sentido se dirige su posición sobre la inmortalidad en los poemas homéricos. Según Sequeiros (pp. 85 ss.; pp. 294-295), no observamos en la nekuía una imagen invisible, casi inexistente y comparable a humo, como quería Chantraine (Dictionnaire étymologique de la langue grecque), sino almas que conservan su psicología y atributos personales y que desean volver a su cuerpo, conclusión que no debería entenderse como producto de interpolaciones, sino a la luz de la recepción antigua de los textos homéricos, en especial de Platón, y que podemos comprobar aun en el propio Horacio.
Con respecto al tercer capítulo, “La muerte en las obras juveniles”, es preciso discutir, antes de examinar las tesis de Sequeiros, la posición de Horacio frente al epicureísmo. Si bien algunos críticos ven en Horacio un partidario de la filosofía práctica, carente de toda lealtad a un único maestro, según declara en Epist. 1, 1, 14, es habitual en la crítica y los comentarios la tendencia a considerar que la escuela prevaleciente detrás de los poemas de Horacio es la del Jardín. No obstante, hay una tercera posición2 a la que adscribe el autor del libro, que es la que supone una conversión de Horacio desde la grey epicúrea (Epist. 1, 4) a un juicio positivo de la persona de Augusto y a una revalorización del mundo divino y su injerencia en el ámbito humano (pp. 194 ss.), con variados defensores, si bien criterios no siempre afines3. Esa conversión se expresaría en la Oda 1, 34. Sequeiros adopta esta posición, que es además decisiva para ponderar la relación del poeta con el tema del alma, la muerte y la inmortalidad. Si bien no niega una influencia del epicureísmo en la obra juvenil, el autor destaca que no le impidió el tratamiento de temas políticos y religiosos, aun el del más allá, como lo demuestran sus análisis de los Epodos 5, 7, 13 y 17. De hecho, como observa en la p. 147, en el misterioso Epodo 5, “… se vislumbran rastros inconfundibles de las creencias órficas en la metempsicosis, mientras que en el XVII son inocultables las reminiscencias de la supervivencia del alma (…). La jactancia de la bruja (…) apunta veladamente al vago anhelo popular de vivificación del cuerpo exánime”. Y, en cuanto a las Sátiras, más allá de la declaración de epicureísmo de la 1, 5 y de la parodia del Hades homérico en la 1, 8 (pp. 163 ss.; pp. 303 ss.), en la Sátira 2, 6, ya contemporánea de las Odas, el ratón de campo puede ser interpretado como un alter ego del poeta, que rechaza el modo de vivir despreocupadamente epicúreo del ratón de ciudad, y asimismo la invocación a Mercurio del poeta preludia su carácter de vir Mercurialis en la Oda 1, 10. Se trataría de una “sutil contestación del modelo epicúreo” (p. 303).
En cuanto al género de la sátira, conviene aclarar que Sequeiros, siguiendo a María Delia Buisel (2011)4, lo considera poesía didáctica y, por eso mismo, genus medium (p. 157; p. 304). Este aspecto, que contradice lo propuesto por Harrison (2007)5, es importante para su argumentación porque es precisamente en la elevación genérica y en la forma didáctica donde comenzaría a ponerse en crisis el epicureísmo, que Horacio debería superar para tratar con más dedicación el tema del alma y la inmortalidad.
Este cometido llega a su punto culminante en las Odas y las Epístolas, que el autor trata en el capítulo cuarto, “La inmortalidad en las obras de madurez”, con la idea de que en estos textos la inmortalidad humana se diferencia de la inmortalidad literaria de odas como la 1, 1, la 2, 20 o la 3, 30 y no se reduce a mero tópico. Desde el punto de vista genérico, el autor pone el acento en la importancia de la configuración de Horacio como vates desde su primera oda, configuración que se complejizará aún más en el tercer libro (Oda 3, 1) con su representación como Musarum sacerdos. A esto se sumaría la conversión, que, aun considerada sólo desde el punto de vista poético, incluiría de todos modos un cambio de actitud hacia algunos temas, particularmente la religiosidad y la política. Sequeiros descubre en las odas sobre la muerte (como la 1, 24, la 2, 3, la 2, 13 y la 2, 17) una superación del paradigma epicúreo y en el recurso al Hades homérico de odas como la 4, 7, entre otras como la 1, 28, la 2, 3, la 2, 13 y la 2,14, una consideración del más allá no necesariamente topicalizada, deudora, en cuanto a su constitución y geografía, de la tradición homérica, pindárica y platónica, que además, con el pulvis et umbra sumus, niega la dispersión atómica del epicureísmo (p. 227; p. 316). El tratamiento de la apoteosis del princeps en odas como la 3, 3 o la 3, 25, con el aditamento romano de la virtus, también constituye un ingrediente nuevo a la representación de la inmortalidad, que recoge a la vez el aspecto humano y el político. Asimismo, el autor presenta un nuevo enfoque sobre el sentido del carpe diem, que implica adaptar la esperanza (spem longam, v. 7) a la brevedad de la vida (spatio brevi, v. 6), como también lo recuerda la Oda 1, 4 (vitae summa brevis spem nos vetat inchoare longam, v. 15), y aceptar la voluntad de Júpiter y la esfera de lo divino, “sin que quede eliminada en el texto la posibilidad de un más allá” (p. 219), que, además, podríamos decir que varias de las odas representan como posible. Esa aceptación de la esfera divina se ve también en la Oda 1, 9 y en la 2, 3, y en la Epístola 1, 11.
En suma, el libro es un estudio imprescindible (que no existía como libro) sobre el tema en Horacio y aun una muy buena introducción a él en lo que se refiere al ámbito grecorromano. El espacio con que contamos nos impide exceder este examen puntual. La argumentación del autor es muy convincente y, cuando algún texto despierta polémica, frecuentemente su visión ofrece argumentos sólidos que persuaden al lector de sus postulados. Quizás la única interpretación discutible se halle en la p. 95, en la que en el pasaje del fragmento de la Hécuba de Ennio date ferrum qui me anima privem (169, Ribbeck), anima más probablemente signifique “vida” que “alma”, como el autor interpreta. Esto es un detalle en medio de tantos aciertos y tanta erudición. Lo único que en rigor se echa en falta de este libro es un index locorum y un index, que son necesarios para localizar la innumerable cantidad de citas y de temas que trata el libro. Sería de apreciar que se incluyan en una reedición. Por último, a la bibliografía copiosísima podría agregársele, también en la lengua de Cervantes, el excelente artículo de J. L Conde: “Breve historia romana del alma: sobre «anima» y «animus» entre el siglo II a.C. y el II d.C”, en M. T. Callejas Berdonés et alii (eds.), «Manipulus studiorum» en recuerdo de la profesora Ana María Aldama Roy, Madrid, 2014, 233-239. El agregado, desde luego, no será más que un ornamento alejandrino en este libro tan completo.
Referencias bibliográficas
Buisel, M. D. (2011). La sátira horaciana como genus literario. En L. Galán y M. D. Buisel (eds.), Itinera. Homenaje al Dr. Alberto J. Vaccaro (pp. 63-78). Ediciones Al Margen.
Harrison, S. (2007). Generic Enrichment in Virgil and Horace. Oxford University Press.
Notas
Publicación: 1 noviembre 2025